Uttera no nació de un plan de negocio. Nació de una empresa que tenía un problema aburridísimo y muy caro.
Un grupo empresarial familiar español, de larga tradición. De los que llevan décadas haciendo lo suyo y donde el teléfono sigue siendo el canal principal: pedidos, incidencias, proveedores, plazos, acuerdos que se cierran hablando.
Esas llamadas se grababan, como en tantos sitios. Y como en tantos sitios, no las escuchaba nadie. Escuchar una llamada cuesta lo que duró la llamada, así que la grabación servía para una sola cosa: para ir a buscarla cuando ya había un problema y alguien recordaba, más o menos, de qué día era.
Todo lo demás se perdía. Lo que se acordó y no se apuntó. Lo que un cliente dijo tres veces antes de enfadarse. El detalle que estaba en el minuto 14 y que nadie iba a encontrar.
No era un problema de tecnología. Era un problema de que no hay horas para escuchar lo que uno ya tiene grabado.
La idea no tenía nada de original: transcribir esas llamadas, resumirlas, y dejar el resultado donde se trabaja. Lo que sí resultó menos obvio fue todo lo demás.
Se probó lo evidente primero: mandar los audios a un servicio de fuera. Y ahí apareció la primera decisión de verdad, que no fue técnica. Esas grabaciones tienen dentro nombres de clientes, precios, condiciones, y conversaciones que alguien tuvo dando por hecho que se quedaban en casa. Mandarlas a procesar fuera, a un sitio que además las guardaría un tiempo indeterminado y podría usarlas para entrenar, no era una decisión de coste: era una decisión sobre a quién le estás dando el archivo de tu empresa.
Así que se montó dentro. Con tarjetas gráficas propias, con los modelos abiertos que ya existían, y con la regla de partida de que el audio no sale de aquí.
Después llegó lo tedioso, que es donde se va el tiempo de verdad: que aguante el volumen de un día normal, que no se caiga un viernes por la tarde, que cueste algo razonable por hora de audio, que el castellano suene a castellano, que una grabación de tres horas no se quede a medias.
Porque funcionaba, y porque la conversación se repitió.
Cuando una herramienta interna lleva un tiempo resolviendo un problema real, aparece siempre alguien de fuera con el mismo problema. Otra empresa con otro teléfono que no para, un despacho, una asesoría. Y la pregunta siempre es la misma: «¿eso me lo podéis montar a mí?»
A partir de ahí la decisión fue de las fáciles: convertir en servicio lo que ya estaba hecho y probado durante meses con datos de verdad, en vez de empezar de cero con una idea bonita.
Casi todo, la verdad. Y explica sobre todo lo que puede parecer excéntrico:
Por qué el audio no se guarda. No es una política redactada por un departamento legal para diferenciarse. Es que la primera versión se montó precisamente para que no saliera de casa, y cambiar eso al empezar a vender habría sido traicionar la razón de existir.
Por qué se cobra por segundo y no por petición. Porque el primer usuario era el propio que pagaba la factura de la luz de las tarjetas gráficas, y ahí la unidad natural es evidente.
Por qué hay conectores de centralita antes que de nada más. Porque el problema original era telefónico. Los dos AGI de Asterisk que publicamos no son un ejemplo escrito para el blog: son el código que resolvió esto.
Por qué los motores están publicados con licencia abierta. Porque cuando montas algo para tu propia casa, quieres poder auditarlo y no depender de nadie. Publicarlo fue extender esa misma garantía a quien nos contrata — y por eso puedes montártelo tú mismo sin pagarnos un euro.
Y por qué insistimos tanto en lo que no hacemos. Porque la conversación que originó todo esto fue exactamente esa: ¿a quién le estamos dando estas grabaciones?
Quién es la empresa. No porque haya nada que esconder, sino porque sus llamadas son suyas y no material de marketing nuestro — que es justo el principio que hizo que Uttera existiera.
Cuando haya un cliente que quiera contar su caso con nombre y apellidos, lo contaremos con su nombre y sus números. Hasta entonces, preferimos un origen honesto y anónimo a un caso de éxito inventado.
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